sábado, 30 de abril de 2011

martes, 5 de abril de 2011

Exposición "5"

“5”

Exposición de José Miguel Rojas. Galería Roberto Sasso, Universidad Veritas. 6 de abril 2011.

Otto Apuy

25 de marzo,2011

Nuestro contexto es un acontecer de irradiaciones de imágenes a nuestro cerebro. La manera en que percibimos -el gran público- las referencias artísticas a nuestro conocimiento, y lo que manejan los grandes medios de comunicación con sus mensajes iconográficos, es lo que nutre nuestra percepción visual y auditiva y el resto de nuestros sentidos. La cultura está en todos lados, sin saber mirar y razonar acerca de ello, la asumimos y nos impone una lectura confabulatoria: la manera en que vemos la vida no es impuesta por la memoria. Los que han vivido de este fenómeno muy conocido como “apropiaciones”, son los artistas contemporáneos, hasta podría hablarse de una permanente “muy visible” en las artes plásticas. En el arte contemporáneo de nuestro país, las formas exploratorias intentan recordarnos algo en nuestro interior, y juegan a que podamos descubrirlas. Quizá hasta en el sencillo “decir sí” frente a algo que razonas y encuentras que te produce una connotación.

“5” Cinco es un número que me gusta, es un pentagrama, son los dedos de la mano, es esotérico, vínculante del individuo con la diversidad, puente de unidad de lo divino y corpóreo. Es una quintaesencia entre los alquimistas. Pero esta muestra de José Miguel Rojas en la Universidad Véritas, no se trata especialmente de un número.

Hace muchos años que José Miguel acude al vasto conocimiento de la figuración total, iconográfica-fotográfica como un estilo propiamente. Creo que con Velásquez empezó la cosa. Existe una interlectura entre las imágenes venidas del cine y la literatura, de los supermercados y de los tugurios y de esa subyugante videoteca de la internet y los museos que están en la red. Subyace en este artista un lenguaje confabulatorio, como hicieron ciertos poetas neo-surrealistas. Muchas veces creemos que los artistas inventan para no acordarse de ellos. Este lenguaje, a flor de piel, lo que hace es recuperarse, sin temor a verse en el espejo. ¿Cómo entrarle a una pintura que tiene la intención de establecer un diálogo?. Conocer al artista es una respuesta inmediata. Tiene una trayectoria extraordinaria en la curaduría museística. Vive la información y el trabajo de recuperarla sobre el arte universal y local. Muy reconocido y miembro del grupo Bocaracá. Por eso no es sorprendente que su obra esté vinculada -como un puente- con el conocimiento, con lo intelectual, con la poesía por su síntesis, si se sabe experimentar como aflora su praxis artística.

Las pinturas

Soledad, te siento. Te está mirando aunque no estés allí. La ausencia de otros elementos compositivos le dan una gran rigidez al cuadro. Eso posibilita la capacidad emocional y su necesidad de interpelar o establecer el diálogo con el espectador. Colores mínimos y una luz que puede ser del día o de la noche. Es un comienzo o un final. De pronto me doy cuenta que el verdadero cuadro que está en la cabeza del personaje, es el que está viendo. Como si se desdoblara y se tomara una foto inventada por él.

En la cama. Pintura 2. una secuencia que viene desde atrás-según el autor-. Existe un curioso sobre-plano, una perspectiva que la hace el color y nuestra óptica. Si se ve dos veces, los planos del cuerpo arrecostado quizá no coinciden o encajan, eso es porque procuran elevar el movimiento contra cierta lógica. Los trazos de atrás remiten a una cortina y a un espacio exterior que parece la noche. ¿Qué es lo que ella tiene atrapado y abrazado?

En el baño. El cuadro dentro del cuadro, la abstracción y la figuración como una forma inofensiva porque está detenida. El apelar a la fotografía, el recuento del día, quizá venía de nadar y aún tenía los anteojos, y también por qué no, un libro invisible sobre la ausencia. El escenario podría ser una caída de agua azul al lado suyo. Los planos, -¡ah los planos!- los que se entrecruzan formando la geometría que persiste en nuestra retina. La pintura te cuestiona, se te aparece como una incógnita.

Y la amo. Es un estudio de la multiplicidad del autor. Es un emblema y una referencia a las distintas series de su obra. Connotaciones muy difundidas que venían de una fotografía. Esta imagen está poseída en nuestra retina. Es la excelencia de una imagen que ha dejado de ser ella, pero inútil ante la memoria que la hace permanecer. Esta pintura conforma un lenguaje que rompe con anteriores expresiones, es la supuesta disimilitud del modelo. La presencia se ha apoderado de un cuerpo. La movie star no es la materia, es el autor médium, es el objeto del lenguaje extraviado, “l´object perdue”.

Ella está sola. Pintura 5. La plástica es una iconografía perpetua. La mirada hacia la sensualidad ha tentado a los artistas; la belleza está más allá de lo que hemos percibido como una foto famosa. Es el complemento de cinco aproximaciones a un largo abanico de pinturas de José Miguel Rojas, de pinturas flashes de nuestro reciente pasado iconográfico y algo que no pueden transmitir las imágenes, hay que ver el original para ir más allá de la fotografía.

Ensayo sobre el rostro, 2008

HURGANDO EN LOS INTERTICIOS DE LO OCULTO

Rafael Cuevas Molina

Los Ángeles de San Rafael de Heredia

Marzo, 2008

José Miguel Rojas ha ido conformando un universo de imágenes que hurgan en lo que no se ve o no se quiere ver, porque está relacionado con una dimensión oscura de lo que, desde otro ángulo, puede ser presentado como atractivo, bello y glamoroso.

“Lo oscuro”, por lo tanto, no es casual, ni remite simplemente a una dimensión estilística de su trabajo, sino que es un concepto central que se va expresando en la línea, el color y la composición.

Girando en torno a este concepto generador, el trabajo plástico de José Miguel va a contramano de lo que promueve y sanciona positivamente el globalizado y posmoderno contexto contemporáneo, tan focalizado y obnubilado en el glamour de lo que brilla y refulge, aunque el brillo y la refulgencia provengan de baratijas oxidables.

De ahí provienen, entonces, las miradas adustas, distanciadas y distanciadoras, las poses hieráticas y el silencio que trasuntan. Los que aparecen en sus representaciones son los mismos que vemos reír, con pelo engominado, en las páginas dedicadas a la sociedad farandulera de los periódicos locales. Alegres, abrazan mujeres aumentadas por la silicona, y hacen sonar el hielo en los vasos de cristal comprados en algún supermercado Wallmart.

Desde una esquina apartada, sin embargo, son observados y desnudados de los oropeles que los cubren y esconden, y son expuestos en el lienzo sin la máscara.

El tema central que concentra y expresa esta preocupación del artista por la manipulación y la doble cara es el del poder, específicamente el del poder político, aunque no se agota en él; está también el poder del macho sobre la hembra, el del fuerte sobre el débil, el del padre o la madre sobre el hijo.

De ahí, entonces, los rostros oscuros apenas visibles en la penumbra que los envuelve, los hombres que se enfrentan a golpes hasta sangrar profusamente en un ring de mala muerte, y los trajes adustos de colores hoscos. Es un mundo de sonidos opacos y guturales que apenas se perciben pero que están presentes cada vez que cerramos los ojos y dejamos de percibir las luces que iluminan los falsos oropeles.

José Miguel Rojas, cronista del mundo del otro lado del espejo, narrador del anverso no iluminado se nos muestra, también, como un ser débil, inerme, a veces atropellado por quienes lo rodean, seres que, como todos, ostentamos la doble cara de Jano.

Una vez descubierta la faz que no se veía, puesto en evidencia el lado que se ocultaba, corre el artista a desfogar su desconcierto en el espacio en blanco que recibe su confusión al anochecer, cuando la soledad es remarcada por la lluvia que se oye caer en el tejado y el viento que golpea los vidrios de la casa.

Descubrir a los demás es, sin embargo, también, descubrirse a sí mismo. Ver ciertas aristas de los otros es poner en evidencia lo que a uno le interesa y que resalta lo que se es. De ahí, entonces, la enorme carga autobiográfica que trasunta el recorrido de todo su trabajo, y que se adivina si se atisba por las hendijas –que es cada una de sus obras- que conducen hacia su interior. Puesto en evidencia y exhibido, el artista exorciza la intimidad y la publicita como auto-escarmiento por haber tropezado, una vez más, con la misma piedra.

Surgen entonces las figuras largas de piel muy blanca –de seres que no han recibido la saludable luz solar-, de miembros alargados, a veces exangües como cristos del Greco, autorretratos trasmutados en un otro a veces femenino cuya intención o estado no nos es rebelado solamente en lo que se ve sino, también, en lo que se lee, es decir, en el título, siempre revelador, complemento perfecto que cierra el círculo de los significados que se exponen.

Ahora, José Miguel Rojas monta una colección de retratos en los que se descubren continuidades y rupturas, algo, por demás, propio de su trayectoria, en la que ha explorado con técnicas y temas por etapas más o menos prolongadas hasta saciarse para, luego, pasar a un nuevo estadio.

Esta vez es el rostro el protagonista, en el que se transparenta por excelencia el alma, el interior de lo humano. Una colección de miradas reconcentradas, de gestos huraños que recuerdan cierta galería familiar de quienes no necesariamente han sido nuestros parientes, pero a los que incorporamos en nuestra personal genealogía. Las figuras nos miran de reojo, a contrapelo de lo que quieren, que seguramente sería rumiar su agresividad y enojo sin que fueran expuestos a la mirada indiscreta y sancionadora nuestra.

Se cuela, sin embargo, un sustrato lírico y melancólico en algunos, sobre todo en aquellos en el que hay confrontación entre varón y mujer. Él siempre la ve a ella. Ella desvía la mirada y lo ignora, aunque quien la confronta vuele a su alrededor como moscardón enamorado.

Hay una enorme tentación de interpretar los rostros, las miradas y las esquivas relaciones como expresión de los vericuetos del subconsciente, como desfogue de lo que está apresado en las entrañas y no se dice pero se escapa cuando corre la mano sobre la tela como casi única mediación entre el adentro y el afuera. La desconfianza, el distanciamiento, la hosquedad. La figura endeble, siempre subalterna del artista.

Técnicamente Ensayos sobre el rostro emerge del empaste pesado del acrílico, y se vincula más con los dibujos que desembocaron en la serie Balthus. No son ellos pero de ahí vienen, de figuras etéreas de muchachas núbiles que se muestran displicentes sin sospechar –tal vez- la vorágine de deseos que despiertan.

¿Cómo partir de allá para llegar acá? ¿Cuál es el camino? No hay fórmula ni vía establecida. No hay lección académica que lo indique. Es la mano que hace y repite, que recorre ciertos indescifrables gestos que poco a poco, sin saber los mecanismos, se trasmutan en otra cosa: de la niña desmayada apenas insinuada en su contorno surge la mujer de mirada recelosa que seguramente la censura.

El color escueto, casi que solo insinuado, apenas manchado por el grafito, evidencia la preponderancia del dibujo que no es sino la estructura básica, el andamiaje sobre el cual se construye. Se muestra, pues, el esqueleto, y en él se queda descarnadamente: frase sin adornos, directa, clara, contundente.

Hay en José Miguel Rojas una huella indeleble de identidad contemporánea, un ambiente de época que no se encarna en ninguno de sus trabajos en particular pero que está presente en todos. Es un hálito de cinismo, de desconfianza, de soledad, de individualismo egoísta. La dificultad para relacionarse. El consumo del otro (uno tras de otro). Es más una sensación que una forma o una figura, pero que se desprende de ella, de la luz que la ilumina. No alegra sino preocupa, entristece, no porque él lo diga sino porque lo que dice de pronto lo descubrimos en nosotros y nos da pena.

Artista a principios del siglo XXI. Hombre a principios del siglo XXI. Narrador de lo que somos. Escalpelo que saca a la luz entrañas calientes pero ocultas con voz escueta y queda. Susurro punzante de voz sufriente.

Rojas es una presencia remarcable en la plástica contemporánea costarricense. Pertenece a una generación que canta en coro con voz propia aunque cada uno tenga un timbre distinto. Son críticos, cuestionadores. Han adquirido conciencia del mundo contradictorio en el que viven. Nunca como ahora se habían hermanado, en lo que dicen y cómo lo dicen, con el resto del istmo centroamericano.

Él se diferencia por algunas cosas, entre otras, por el ejercicio constante de la curadoría en la cual expresa otras preocupaciones, distintas pero vinculadas a lo que dice como pintor y dibujante. En ambas, claro, es artista, con todos los rasgos que le caracterizan, sobre todo la incisividad y la contundencia.