martes, 5 de abril de 2011

Ensayo sobre el rostro, 2008

HURGANDO EN LOS INTERTICIOS DE LO OCULTO

Rafael Cuevas Molina

Los Ángeles de San Rafael de Heredia

Marzo, 2008

José Miguel Rojas ha ido conformando un universo de imágenes que hurgan en lo que no se ve o no se quiere ver, porque está relacionado con una dimensión oscura de lo que, desde otro ángulo, puede ser presentado como atractivo, bello y glamoroso.

“Lo oscuro”, por lo tanto, no es casual, ni remite simplemente a una dimensión estilística de su trabajo, sino que es un concepto central que se va expresando en la línea, el color y la composición.

Girando en torno a este concepto generador, el trabajo plástico de José Miguel va a contramano de lo que promueve y sanciona positivamente el globalizado y posmoderno contexto contemporáneo, tan focalizado y obnubilado en el glamour de lo que brilla y refulge, aunque el brillo y la refulgencia provengan de baratijas oxidables.

De ahí provienen, entonces, las miradas adustas, distanciadas y distanciadoras, las poses hieráticas y el silencio que trasuntan. Los que aparecen en sus representaciones son los mismos que vemos reír, con pelo engominado, en las páginas dedicadas a la sociedad farandulera de los periódicos locales. Alegres, abrazan mujeres aumentadas por la silicona, y hacen sonar el hielo en los vasos de cristal comprados en algún supermercado Wallmart.

Desde una esquina apartada, sin embargo, son observados y desnudados de los oropeles que los cubren y esconden, y son expuestos en el lienzo sin la máscara.

El tema central que concentra y expresa esta preocupación del artista por la manipulación y la doble cara es el del poder, específicamente el del poder político, aunque no se agota en él; está también el poder del macho sobre la hembra, el del fuerte sobre el débil, el del padre o la madre sobre el hijo.

De ahí, entonces, los rostros oscuros apenas visibles en la penumbra que los envuelve, los hombres que se enfrentan a golpes hasta sangrar profusamente en un ring de mala muerte, y los trajes adustos de colores hoscos. Es un mundo de sonidos opacos y guturales que apenas se perciben pero que están presentes cada vez que cerramos los ojos y dejamos de percibir las luces que iluminan los falsos oropeles.

José Miguel Rojas, cronista del mundo del otro lado del espejo, narrador del anverso no iluminado se nos muestra, también, como un ser débil, inerme, a veces atropellado por quienes lo rodean, seres que, como todos, ostentamos la doble cara de Jano.

Una vez descubierta la faz que no se veía, puesto en evidencia el lado que se ocultaba, corre el artista a desfogar su desconcierto en el espacio en blanco que recibe su confusión al anochecer, cuando la soledad es remarcada por la lluvia que se oye caer en el tejado y el viento que golpea los vidrios de la casa.

Descubrir a los demás es, sin embargo, también, descubrirse a sí mismo. Ver ciertas aristas de los otros es poner en evidencia lo que a uno le interesa y que resalta lo que se es. De ahí, entonces, la enorme carga autobiográfica que trasunta el recorrido de todo su trabajo, y que se adivina si se atisba por las hendijas –que es cada una de sus obras- que conducen hacia su interior. Puesto en evidencia y exhibido, el artista exorciza la intimidad y la publicita como auto-escarmiento por haber tropezado, una vez más, con la misma piedra.

Surgen entonces las figuras largas de piel muy blanca –de seres que no han recibido la saludable luz solar-, de miembros alargados, a veces exangües como cristos del Greco, autorretratos trasmutados en un otro a veces femenino cuya intención o estado no nos es rebelado solamente en lo que se ve sino, también, en lo que se lee, es decir, en el título, siempre revelador, complemento perfecto que cierra el círculo de los significados que se exponen.

Ahora, José Miguel Rojas monta una colección de retratos en los que se descubren continuidades y rupturas, algo, por demás, propio de su trayectoria, en la que ha explorado con técnicas y temas por etapas más o menos prolongadas hasta saciarse para, luego, pasar a un nuevo estadio.

Esta vez es el rostro el protagonista, en el que se transparenta por excelencia el alma, el interior de lo humano. Una colección de miradas reconcentradas, de gestos huraños que recuerdan cierta galería familiar de quienes no necesariamente han sido nuestros parientes, pero a los que incorporamos en nuestra personal genealogía. Las figuras nos miran de reojo, a contrapelo de lo que quieren, que seguramente sería rumiar su agresividad y enojo sin que fueran expuestos a la mirada indiscreta y sancionadora nuestra.

Se cuela, sin embargo, un sustrato lírico y melancólico en algunos, sobre todo en aquellos en el que hay confrontación entre varón y mujer. Él siempre la ve a ella. Ella desvía la mirada y lo ignora, aunque quien la confronta vuele a su alrededor como moscardón enamorado.

Hay una enorme tentación de interpretar los rostros, las miradas y las esquivas relaciones como expresión de los vericuetos del subconsciente, como desfogue de lo que está apresado en las entrañas y no se dice pero se escapa cuando corre la mano sobre la tela como casi única mediación entre el adentro y el afuera. La desconfianza, el distanciamiento, la hosquedad. La figura endeble, siempre subalterna del artista.

Técnicamente Ensayos sobre el rostro emerge del empaste pesado del acrílico, y se vincula más con los dibujos que desembocaron en la serie Balthus. No son ellos pero de ahí vienen, de figuras etéreas de muchachas núbiles que se muestran displicentes sin sospechar –tal vez- la vorágine de deseos que despiertan.

¿Cómo partir de allá para llegar acá? ¿Cuál es el camino? No hay fórmula ni vía establecida. No hay lección académica que lo indique. Es la mano que hace y repite, que recorre ciertos indescifrables gestos que poco a poco, sin saber los mecanismos, se trasmutan en otra cosa: de la niña desmayada apenas insinuada en su contorno surge la mujer de mirada recelosa que seguramente la censura.

El color escueto, casi que solo insinuado, apenas manchado por el grafito, evidencia la preponderancia del dibujo que no es sino la estructura básica, el andamiaje sobre el cual se construye. Se muestra, pues, el esqueleto, y en él se queda descarnadamente: frase sin adornos, directa, clara, contundente.

Hay en José Miguel Rojas una huella indeleble de identidad contemporánea, un ambiente de época que no se encarna en ninguno de sus trabajos en particular pero que está presente en todos. Es un hálito de cinismo, de desconfianza, de soledad, de individualismo egoísta. La dificultad para relacionarse. El consumo del otro (uno tras de otro). Es más una sensación que una forma o una figura, pero que se desprende de ella, de la luz que la ilumina. No alegra sino preocupa, entristece, no porque él lo diga sino porque lo que dice de pronto lo descubrimos en nosotros y nos da pena.

Artista a principios del siglo XXI. Hombre a principios del siglo XXI. Narrador de lo que somos. Escalpelo que saca a la luz entrañas calientes pero ocultas con voz escueta y queda. Susurro punzante de voz sufriente.

Rojas es una presencia remarcable en la plástica contemporánea costarricense. Pertenece a una generación que canta en coro con voz propia aunque cada uno tenga un timbre distinto. Son críticos, cuestionadores. Han adquirido conciencia del mundo contradictorio en el que viven. Nunca como ahora se habían hermanado, en lo que dicen y cómo lo dicen, con el resto del istmo centroamericano.

Él se diferencia por algunas cosas, entre otras, por el ejercicio constante de la curadoría en la cual expresa otras preocupaciones, distintas pero vinculadas a lo que dice como pintor y dibujante. En ambas, claro, es artista, con todos los rasgos que le caracterizan, sobre todo la incisividad y la contundencia.


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